LA MONJA
- Valentin Alonso
- Jun 24
- 7 min read
Updated: Jun 25

Sucedió hace algún tiempo ya, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer.
La historia se remonta a mi niñez, en aquel barrio del centro de Monterrey donde crecí. A la vuelta de mi casa se instaló una familia, papá, mamá, y 3 hijos. Julián es el mayor, nos hicimos amigos, en épocas cuando los juegos eran pasar la tarde jugando con carritos o al nintendo, después de cumplir con las tareas escolares claro está.
Mi amigo tiene una hermana 2 años menor que él, Laura, y el hermano más chico de la familia, 4 años menor que él, Ignacio.
Al crecer ya no jugábamos con carritos, ahora salíamos a pasear en bici, ya tendríamos unos 10-11 años. Su hermana Laura también creciendo, de unos 9 ú 11 años.
La tensión entre Laura y yo era notable, sus bromitas con chispa, sus miraditas, era obvio que disfrutaba provocarme, pero yo siempre fui de los que respetaban ese código no escrito que dice que no se debe coquetear ni con las hermanas de los amigos ni con sus ex.
Esto desesperaba mucho a Laura, el que yo no le respondía a sus provocaciones, hasta que un dia sucedió lo impensable, ella tenía unos 12 años y yo unos 14. Estábamos en su casa, cada quien en lo suyo, sus papás en su recámara, mi amigo Julián buscando algo en su habitación y yo sentado en un sillón que tenían en el pasillo que conecta las habitaciones y la cocina.
Sólo escuchaba las voces de todos, los papás de Julián, la voz de Laura discutiendo con ellos, y repentinamente la veo salir de la habitación de sus padres completamente sin nada, cruzó rápidamente el pasillo, fue un milisegundo, nada, lo que tardó en cruzar de la habitación de sus padres al baño que estaba justo en frente. Lo había visto todo, al menos su costado. Laura me atrapó mirándola en el último instante, justo cuando cerró la puerta del baño. Quedé en silencio, sosteniendo la revista de cómics con mis manos, boquiabierto.
Dos o tres segundos después, la puerta del baño se abre, sale Laura envuelta en una toalla que le cubría todo el cuerpo, camina hacia mi, decidida, y así sin más, se detiene justo delante de mi y me grita; ¿Querías ver más? ¡pues aquí tienes más! Laura se gira, me da la espalda y se levanta la toalla para mostrarme sus glúteos, no me quedó de otra más que ver, lo hizo dos o tres veces, entre divertida y seria después no dijo nada y se fue a su habitación. Yo quedé mudo, sin saber qué hacer.
Su madre, que pienso se dio cuenta de la situación, entró detrás de ella y comenzó a regañarla.
Importante mencionar que el papá es de esos señores estrictos con la disciplina, esos señores ultra celosos con sus hijas de los que las sobreprotegen al extremo, de esos que piensan que no hay ser en el mundo que merezca a sus hijas.
Bueno, el caso es que el tiempo pasó y Laura se fue de monja, ignoro de qué tipo, congregación u orden, es de esas que usan uniforme marrón y se cubren todo excepto su rostro.
Un dia me encontraba en el supermercado, escucho que mencionan mi nombre y al voltear veo a un grupo de monjitas, de esas que usan el atuendo que sólo les deja descubierto el rostro, una de ellas me miraba sonriente, con sus ojos con chispa, que me hacían recordar a alguien. Fue hasta que ella misma se me acerca, sin borrar su sonrisa, y me dice “soy Laura” con voz ligeramente ronca y dulce. Vaya que me impresioné de verla asi, con uniforme de monja, nos saludamos, sus ojos brillaban con aquella ilusión con la que siempre me veía, simplemente le correspondí al saludo.
Iba acompañada de otras dos hermanas, o monjas, por lo que no pudimos platicar demasiado.
Me explicó que estaba dando servicio en la iglesia de la colonia, estaba viviendo en una casa de monjas, al lado de la iglesia sirviendo como apoyo a los sacerdotes de allí, me dijo que haría unos pasteles y unos pays y que me regalaría un par, que pasara esa noche a recogerlos.
Así lo hice, llegué en punto de las 8 de la noche, ella me recibió por la parte trasera de la iglesia, allí hay unos salones para conferencias y un auditorio.
Me pidió la acompañara a la cocina a recoger mis pays, pero pasamos de largo, subimos unas escaleras y entramos a su dormitorio, un cuarto pequeño con una cama.
qué pasa? le dije...
no digas nada, me dijo, cerrando la puerta con llave, colocando su dedo índice en mi boca y quitándose su atuendo de monja.
En pocos segundos ella estaba en ropa interior, su cuerpo era espectacular, pero yo no entendía nada, y al mismo tiempo la adrenalina provocaba en mi sentimientos y pensamientos intensos.
¿Qué pasa Laura? -le pregunté, completamente extrañado-
Laura me miraba con aquella mirada fuerte, retadora, con la luz exterior que entraba por la ventana iluminándole su rostro. El clic del pasador de la puerta sonó cuando Laura nos encerró en aquella pequeña habitación con aromas a incienso, jabón de tocador y esencia de hierbas.
Mírame -susurró, acariciando su piel desnuda con la yema de sus dedos-
A Laura sólo la cubría un sostén estilo tradicional, y sus calzones blancos con un discreto encaje.
Siempre me gustaste, ¿sabías que preferí refugiarme en esta vida antes que vivir con los reclamos de mi papá? -me dijo, en un tono que se escuchó a reclamos reprimidos-
Me enamoré de ti, sigo enamorada, pero mi papá jamás lo aceptó, desde aquel día que te mostré mi cuerpo ¿recuerdas? Mi papá me encerró por meses en mi cuarto, yo se
que mi madre jamás le contó a detalle que te mostré mi cuerpo sin nada, o me hubiera matado. -me confesó, con voz dramática-
Hazme tuya ¿por favor? -me suplicó, desabrochando su sostén dejándolo caer libremente al suelo-
No podía creerlo, me sentía con una inmensa tensión, por su confesión, por estar en un lugar con peligro a ser descubiertos, pero, debo confesarlo, quería cogerme a Laura en ese mismo momento.
Me tomé unos segundos en admirar su semi desnudez y sus pechos del tamaño de una toronja, hermosos, firmes, coronados por un par de pezones que parecían dos pequeños bombones de cajeta.
Laura yo… -quise hablar, sin saber qué decir-
De pronto se acercó lentamente, me besó con suavidad, como si jamás hubiera besado a nadie, como si estuviese esperando ese momento toda su maldita vida. Nuestros labios se empaparon de nuestra saliva, poco a poco la pena se fue desvaneciendo y nuestras lenguas se enlazaban en una danza frenética y espectacular. Laura deslizó sus dedos lentamente por mi pecho, bajando hacia mi cintura y deteniéndose en la hebilla de mi cinturón. Jaló de el sin detener el besuqueo, lanzándolo en la cama detrás de nosotros. Con silenciosa habilidad quitó el botón, después bajó el cierre, cada vez más ansiosa, cada vez más desesperada, acarició mi verga por encima de mi bóxer, en ese momento fue que su besuqueo se detuvo, sólo para bajar su mirada, jalar con su delgado dedo el elástico del bóxer y verlo, grueso, firme, caliente, era como estar próximo a una caldera al rojo vivo.
Laura sonrió, me miró, tomó mi verga rodeándola con sus delgados dedos, con movimientos lentos, hacia arriba y hacia abajo, dejando que la gravedad jalara de mi pantalón y mi bóxer al piso.
Sin decir palabra, ella se inclinó, metió mi verga en su boca, mi mente se detuvo, juro que el tiempo también, su boca era caliente, era como si Laura supiera perfectamente qué hacer, succionando, con el balance perfecto entre ese delicioso vacío y el repaso de su lengüita por el borde de la cabeza del pene, provocándome una debilidad inevitable en las piernas, ¡por Dios Laura! Gemí, teniéndola prendida de mi mástil glorioso.
Laura se incorporó, besándome con fuerza y locura nuevamente, sin soltar mi verga.
Le bajé su calzón, acercando mi rostro a su cintura, a sus vellos negros sin depilar, sin recortar, a su zona íntima perfectamente cuidada, perfectamente perfumada a sexo nuevo, por estrenar.
¡Por Dios hazlo ya! -me susurró, empujando mi rostro hacia sus labios vaginales ardientes-
La rodeé con mis manos, tomándola de las nalgas, acerqué su vagina a mi rostro, hundiendo mi nariz en sus vellos negros y buscando con mi boca la alcalinidad de su cavidad húmeda y caliente. Suavidad, tersura, esa inconfundible acidez que a todos nos enloquece, pero era Laura, era una ocasión especial.
Laura sólo clavaba sus uñas en mi cabeza, estremeciéndose a cada lengüetazo, arqueándose a cada embestida, gimiendo por piedad con voz silenciada por una almohada que cogió por allí.
Me incorporé, le besé la boca impregnada a su lubricada almeja.
¿Hueles eso? -le dije, con gesto de lujuria-
Laura asintió, mirándome con sus ojos entre cerrados.
Eres tú, estás ardiendo en pecado -le dije, encendiéndola aún más-
Laura me besó con más fuerza, tomando firmemente mi verga acercándola entre sus piernas, intentando desesperadamente metérsela ella misma.
Espérate, yo te ayudo… -le dije, apretando mi mano sobre la suya que sostenía mi herramienta-
Subí y abrí su pierna contra mi pecho, como si se tratara de una bailarina flexible olímpica. Metí mis dedos en su boca, los empapé de su saliva, los llevé a su vagina que ardía, se estremeció en un gemido.
Empujé mi verga dentro de ella, despacio, dolorosa pero placenteramente y no dijimos nada, su rostro lo decía todo, era como si llevara esperando aquel momento toda la vida.
Terminamos contra la pared, comencé a embestirla, sintiendo cómo entraba en ella lenta pero firmemente, viendo como esas nalgas maduras habían cambiado desde aquella fecha especial, no desaceleré, con mi otra mano cruzada por delante de ella estimulé su vagina, con mi otra mano sobre su boca callé sus escandalosos gemidos, y después ella tuvo uno de los 0rgasm0s más épicos que jamás haya visto, derramé parte de mi néctar en su espalda, me aparté, trayendo conmigo parte mi semen y de sus fluidos, la contemplé, desvanecida sobre la mesita de noche, y el aroma de la habitación era a semen, a sexo, a sudor…. Laura recogió con sus manos los restos de semen de mi pene con sus dedos, y se los llevó a la boca, sin dejar de mirarme.
Miró el reloj, se puso seria y me sentenció con firmeza; me dijo te tienes que ir ya...
Salí de allí de prisa, sin mis pays pero con el cuerpo al máximo.
No la he vuelto a ver desde entonces, el recuerdo es como una especie de sueño que ocupa mi memoria de manera casual, y allí está, sin remedio.


Comments